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Palabras leídas
en el Primer ciclo de conferencias conmemorativas en Homenaje a
los 100 años vida del Casco Fundacional de Villa Marcos Paz
organizado por el Centro Vecinal de Marcos Paz.
3 de octubre de 2006
Salón de Actos del Colegio El Salvador.
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El Centro Vecinal de Marcos Paz
en el primer ciclo de Conferencias conmemorativas a los
100 años de la fundación del Casco Viejo
me invitó a estar aquí, presumo, por dos motivos,
uno la pertenencia a Yerba Buena luego de cincuenta años
de vivir en ella y de ver consolidar mi familia. El segundo a mi
condición de Secretario de la Sociedad de Vecinos
de El Corte. Suele usarse, tiempo ya, el vocablo “pertenencia”
cuando se pretende significar connotaciones de afectos que de modo
inevitable y decisivo nos involucran. En este caso la ciudad, como
organismo vivo y cercano al hombre, si los hay, con lo cual suscita
la cual expresa, siente y genera influjos en nuestras vivencias.
La acertada idea de propiciar estos amables foros de vecinos con
una muestra plástica también lo es. Pues a la vez
se deja expuesta una muestra de plásticos locales; una expresión
cultural de viejo arraigo en ella, pues mucho antes de que se fundara
institucionalmente la ciudad, nuestro pedemonte, las yungas la trasparencia
de sus cielos y el vigor exuberante de su flora ya incitaban la
atención de los escritores, poetas y plásticos.
Sobre ello, recuerdo haber leído una bellísima
descripción de los bosques de “la Yerba Buena”
en ocasión de una visita de vacaciones de Juan Bautista Alberdi
a estos parajes siendo estudiante en Córdoba. En ella volcó
la fascinación que le deparaban las bellezas de nuestro bosque.
Lo propio que los párrafos conocidos de Sarmiento en su “Facundo”
considerándolos con altisonante énfasis “sin
rivalidad en la redondez de la tierra”. Hay más: la
llegada de inmigrantes europeos a finales de 1800 y principios de
1900 a Tucumán, acrecentaron la atracción que deparan
los tornasolados contrastes de verdes, sombras y luces de nuestras
serranías.
A Yerba Buena la reprodujeron e inmortalizaron plásticos
de las escuelas europeas como el catalán Toll, o los hermanos
Villá, uno de ellos, una figura peculiar y excéntrica
que merodeaba nuestros rincones aledaños y a quién
conocí siendo muchacho. Lo propio que al maestro italiano
Spadafora y a otros que se radicaron y fundaron las primeras escuelas
de artes plásticas que funcionaron en el Tucumán finisecular.
Lo demás es reciente: el Instituto Superior de la Artes de
la universidad de Descole y el surgimiento de generaciones de intelectuales
y artistas que descollaron en el Tucumán de los 50 y 60 con
tal vigor y resonancia que alguna vez Tucumán fue considerada
la “Atenas de América”.
Pero vale también acercarnos a épocas
contemporáneas para observar el desarrollo de la plástica
de esta Yerba Buena tan benigna para muchos de nosotros. Aludo a
la anécdota de un distinguido muralista y plástico
argentino: Raúl Soldi. Oportuna, tal vez, dado que los muchos
años vividos poseen la virtud además de introducirnos
involuntariamente a ser parte de la historia. Recién llegado
a Yerba Buena en los años 60, en un diálogo ocasional
frente de mi casa, Lobo de la Vega me presentó al maestro
que estaba de visita en Tucumán. Con la ligereza de mis veinte
años, sospecho, le lancé al maestro una pregunta impertinente
que hoy vista a la distancia, no la es. Bien, ante el arrobo que
le despertaba el aterciopelaje prodigioso de nuestra serranía
le pregunté si le agradaría pintarlo. Recibí
un tajante no. Para pensar siquiera en un intento, me dijo, que
precisaba radicarse al menos dos meses hasta percibir ese milagro
de virtual trasuntación entre arte, naturaleza y trascendencia.
Contrariamente la síntesis esencial de cualquier expresión
humana se tornar ilusoria. Una sabia y indeleble lección
que aprendí desde entonces.
Así pues, pintaron o vivieron entre nosotros,
muchos años, Timoteo Navarro, Lobo de la Vega poco menos
que un símbolo plástico de Yerba Buena, Juan B. Gatti,
Aurelio Salas, el maestro Hirsch, Santos Legname, Onofrio Lomáscolo,
Antonio Rusiñol o el acuarelista Tito Rivero, por citar algunos.
También en la actualidad Guillo Guerineau, Carlos Calvo,
Fernando Cossio, Aníbal Fernández, María Florencia
Ortiz Mayor, Silvia Sánchez, Roberto Koch, Eduardo Mirande
y algunas expositores que esta noche engalanan nuestra sala: Liliana
Castro, Lucía Zucchi, Federico Méndez Uriburu, Marta
Quintana de Casanova, Maly de Gatti, Lucrecia Luna de Guerrero.
No resulta extraño este florecimiento plástico desde
hace tiempo entre las mujeres de Yerba Buena. Entusiasmo sostenido
que atribuyo a la sensibilidad marcada de la mujer frente al llamado
del color que convoca Yerba Buena a los ojos en diálogo con
su entorno que cada día muda de encantos y sorpresas. Me
parece subalterno profundizar conceptos críticos o valorativos
de cada expositor en esta noche que, si se tratara en una circunstancia
distinta a la que actualmente vivimos los vecinos, hubieran tenido
sentido. Hoy no se me ocurre que la tengan.
El arte del paisaje tiene como objeto recuperar los
valores cromáticos que sugiere la naturaleza. Paisaje de
Yerba Buena donde la presencia de topadoras y las moles de cemento
imponen una censura estética que esta ciudad en absoluto
merece. Menos que se lo ofrezca como condición de canje prebendario
de políticas inversoras que desconocen que la tradición
de una ciudad se acrecenta ennobleciéndole su singularidad
y no destruyéndola y desnaturalizándola en aras de
un lucro que pasa por encima los valores de bien común. Maxime
infringiéndosele a esta bellísima e irreproducible
ciudad en el cúlmine de los cien años de su fundación.
Acerca del centenario.
El 20 de abril último, el Concejal
Manuel Sancho Miñano, extraña coincidencia
ésta dado que es nieto de quién tuvo a cargo los remates
de las primeras parcelas de Marcos Paz, me envía la ordenanza
1500 de nuestro Honorable Cuerpo en la que menciona el proyecto
de la Legislatura de Tucumán de la Ley 898 refrendado por
el entonces gobernador Ing. Luis F. Nougués
con la firma de los ministros, doctores Manuel Cossio y
Julio López Mañan sancionada en diciembre
de 1906 y promulgada en diciembre del mismo año. Proyecto
que autorizaba la fundación de un pueblo en la Av.Mate de
Luna que “sintetiza el deseo de los vecinos donde transcurren
sus vidas diarias y la de sus familias” con el deseo expreso
de “edificar hacia esa parte” y el porqué de
la “designación del nombre de Marcos Paz”. Cabe
precisar que el Poder Ejecutivo actual de nuestra ciudad –y
que pareciera ya norma establecida- no contesta ni le interesa responder
y darle trámite a la ordenanza enviada hace cinco meses.
Seguramente porque en la misma se menciona que “bien merecen
la recordación quiénes forjaron sueños y logros
civilizadores” y producto de su entrega de “espíritu
de servicio y testimonial del bien público”. Además
_”del respeto al paisaje, al ambiente y a la calidad de vida
que supieron legar nuestros fundadores Ejemplos para las nuevas
generaciones-sigue la ordenanza- pues no somos sino meros administradores
de ese legado que debemos enriquecer y no degradar en provecho de
un mercantilismo pasajero según fue la impronta de esa magnífica
generación del Centenario” que proyectó y dio
vida a Marcos Paz.
Las referencias históricas, pintorescas, urbanísticas,
sociales y políticas estimo que estarán a cargo de
distinguidos catedráticos e investigadores que estudiaron
e hicieron valiosas y exhaustivas contribuciones al tema de esta
ciudad centenaria.
El otro rol nada placentero por cierto, en relación
con mis sentimientos, es el que me ha confiado el Centro Vecinal,
esto es, el sentido de la recordación. Lo es porque cuando
hoy los vecinos deberíamos estar enfervorizados por el inigual
suceso de cumplir cien años, asistimos, paradójicamente,
a la desvirtuación sistemática de todos los sueños
que habían forjado quiénes, hace un siglo, anhelaron
una ciudad residencial acrecentada por la bondad de su entorno y
la calidad de bienestar de quiénes la habitaran. Claro que,
para que esa quimera se cumpliera quiénes la administraran
debían tener como condición sine quam non sentido
de pertenencia, raigambre y en suma, ese entrañable vínculo
con ella. Empero, vemos con pesadumbre cómo las nobles residencias
que enorgullecían el casco viejo, de modo inexorable desaparecen
una tras otra y con ellas las posibilidades de conservar el encanto
que trasmiten las viejas ciudades. Testigos y legados consolidados
en un esfuerzo común de los vecinos, de allí el exuberante
arbolado, los rincones familiares y el placer de una vida vivida
en la plenitud del recogimiento interior que es en definitiva, el
único y auténtico placer de la vida junto a cercanía
de los seres que queremos y que fue hasta la llegada de una horda
inversora y rentística a ella.
Fue así como trocamos desaprensión
y daños irreparables a su estilo tradicional a cambio de
un hipotético destino de progreso. Al valorizarse obviamente
de modo desmedido el espacio urbano fruto del esfuerzo común
y silencioso, se creó de manera inevitable, la codicia mercantil
y pudo más el valor que proporciona el dinero que ese legado
de pertenencia que hablábamos. Entraron por consiguiente
y sin transacción, las motoniveladoras y los aventajados
diseñadores de la neomodernidad a convertir en mausoleos
rentísticos las nobles residencias.
Nos dijeron entre otras cosas que se resguardaría
el encanto residencial de la casa Cristie,
o el del Banco Francés,
emblemas de Marcos Paz y se edificarían en torno construcciones
que le prestarían realce. Invito a ustedes a observar las
columnas de cemento que se erigen hoy en esos solares, auténticos
adefesios que opacan el legendario encanto a través de un
patético canje de lo viejo por el pragmatismo que este llamado
“progreso” ofrece en cambio. Nadie desconoce el avance
de los tiempos y las influencias de los cambios en todos los órdenes
de nuestra contemporaneidad, pero ello también nos concede
el derecho de preguntarnos si ese criterio de desbatación
y topadoras en riña con lo entrañable no se hubiera
podido evitar.
En el primer mundo y era el sueño de muchos
vecinos nuestros, conviven en las apacibles ciudades centenarias
dos urbes. La antigua, la venerable y la nueva, la de los servicios,
los comercios, las transacciones inmobiliarias, los restaurantes,
y sitios de diversión en perfecta convivencia. Poco hubiera
costado tan solo con medidas de sentido común y simples de
desgravación impositiva y fomento, crear polos de desarrollo
hacia el norte por la Av. Perón para evitar ese incontrolable
tránsito automotor, y el centralismo actualmente ahogado
y constreñido que padece la ciudad y quye a plazo corto pronto
se acrecentará por dos. En cambio, pretendimos presumir un
rostro con elegantes boutiques, bulliciosas confiterías y
a pocos metros penosos y deprimentes muestras de la desigualdad
social que impera alrededor de Yerba Buena. No lo antiguo y señorial
con lo nuevo pensado con criterio de creatividad y avance para el
futuro.
Ilusorio anhelo ha sido pues ni siquiera se ha previsto
un desarrollo integral orgánico como sabiamente lo había
pensado el código urbano que nos regía hasta antes
de este atropello desprolijo a los derechos urbanos y ecológicos
que fue anulado manu militari sin consultar a los contribuyentes.
Resumiendo: ni se logró preservar lo antiguo ni se ha jerarquizado
y valorizado lo moderno y actual en un entramado arquitectónico
desmañado, pretensiosamente funcional, de falsa y arbitraria
sustentación.
Es posible que mis palabras trasmitan un gravoso
resentimiento y es lícito que lo sienta, lo diga y por lo
demás, me asiste el derecho de expresarlo. Lo siento mucho,
pero no podría congratularme sobre políticas que en
mi opinión nos han sumido en una suerte de triste e innecesario
despojo de nuestras legítimas ilusiones. Quizás mi
equívoco provenga de que no pueda aún precisar de
forma adecuada, qué significa progreso; ese Leviatán
que un funcionario de este gobierno me advertía como inexorable
en un mundo globalizado. Y que me obliga a preguntar si lo moderno
es el auspicio de maquinitas traga monedas, la movida de adolescentes
en el pie del cerro y en boliches bailables, la propagación
de alcohol, del sexo indiscriminado, las drogas y el espectáculo
degradante de jovencitas alcoholizadas en las madrugadas durmiendo
a campo raso y desafiando con obscenidades irreproducibles al vecindario
que descansa y paga las contribuciones? Si es así este modelo
del progreso globalizado que legaremos a quiénes nos precedarán
en el próximo centenario, con seguridad que ese legado será
impredecible. Muchas gracias.
Francisco Juliá- Octubre de 2006
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