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Exposición
de la Lic. Teresa Piossek Prebisch en la
Mesa Panel: La Villa de Marcos Paz.
Patrimonio Ambiental y Arquitectónico de los Tucumanos
Convocada por la Coordinadora por el Patrimonio
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Antes que nada deseo
decir que la Coordinadora por el Patrimonio que convoca a esta Mesa
Panel está formada por ciudadanos unidos para luchar por
la defensa y preservación de bienes patrimoniales tucumanos,
al margen de todo interés individual. Con esta actitud es
que participa de la presente reunión.
El motivo de ella es el problema suscitado por la
llamada Manzana de la Casa Christie que incluye el edificio y parque
de ésta más el edificio y parque que pertenecieron
a la familia Cossio. No es un problema aislado, sino que en él
se sintetiza uno mayor que Tucumán arrastra desde hace más
de un siglo y cuya solución aún no ha sido encarada
de manera definitiva, aunque hoy tenemos el instrumento para alcanzarla
gracias a la promulgación de las leyes 7535 de Protección
del Patrimonio edilicio y urbano, y 7500 de Protección de
la totalidad del patrimonio provincial.
El problema al que me refiero es el conflicto entre
desarrollo o progreso y preservación del patrimonio, tanto
natural como cultural. Radica en marcar la línea divisoria
entre aquello digno de preservación y el derecho del progreso
a continuar su avance.
Tucumán, en su desarrollo que fue asombroso
desde la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del
XX, ha perdido, durante ese período, valiosos bienes patrimoniales.
La pérdida no ha sido provocada por catástrofes telúricas
ni por guerras devastadoras, sino por la acción de los propios
tucumanos y falta de leyes adecuadas.
Para dar un ejemplo, dentro del campo natural, señalemos
que por ganar tierras para la agricultura, se aniquiló algo
que era un prodigio de la naturaleza, único en el mundo según
testimonios de extranjeros uno de los cuales la describió
como "paisaje sublime". Me refiero a la Selva de Laureles
que se extendía a lo largo del piedemonte, desde Tafí
Viejo hasta el río Marapa. Muchas veces pienso en el valor
que hubiese tenido hoy como atractivo turístico, tal como
lo tienen el Bosque de los Arrayanes, en el sur del país,
o el Bosque de Secuoyas, en California; sin embargo, esa selva hoy
sólo existe en la literatura y en una acuarela del pintor
alemán Methfessel.
También Tucumán, en pos del desarrollo,
esta vez industrial, ha perdido otro bien natural, la primavera
que de ser un espectáculo espléndido, deslumbrante
de luz, color, perfumes y transparencia del aire, inmortalizado
por escritores de la talla de Juan Bautista Alberdi y Juana Manuela
Gorriti, se ha transformado -junto con el invierno- en el período
anual de seis meses de duración, paradigma de polución
ambiental, tan intensa que supera con creces la mínima aceptable
según la OMS, y tan nociva, que enferma a los habitantes,
daña los edificios, carcome los monumentos públicos,
ahoga el follaje de las plantas y deja atónitos a los forasteros.
Los ríos tucumanos -incluso el Salí-,
descriptos como de aguas cristalinas por antiguos cronistas, hoy
están contaminados por desechos industriales y cloacales,
hecho evitable con el uso de tecnología moderna. ¿Y
qué ha sucedido con nuestra capital San Miguel de Tucumán?
Hasta comienzos del siglo XX los viajeros la describían como
"encantadora". Era
una ciudad con gran porcentaje de espacio verde porque cada casa
poseía patios y fondos cuyos árboles superaban los
techos y cuyas enredaderas desbordaban tapias y cercos. Hoy está
transformada en una urbe gris, donde sus habitantes viven cada vez
más hacinados. Su verdor otrora famoso, ha sido literalmente
cubierto con cemento y día a día la vemos más
deforestada porque anualmente pierde unos 70 árboles por
causa, primordialmente, del maltrato. También, cada día
se vuelve más ruidosa, entre otras causas, por el tránsito
automotor excesivo y caótico.
En esta especie de atropello consumada en nombre
del progreso, San Miguel de Tucumán también ha perdido
bienes edilicios que enriquecían el paisaje urbano: el Cabildo,
el Teatro Belgrano, numerosas casas patricias hoy transformadas
en estacionamientos o en edificios de departamentos. Para sintetizar,
en el conflicto entre patrimonio y desarrollo que se da normalmente
durante el proceso de crecimiento de las comunidades, los tucumanos
hemos actuado demasiadas veces subestimando o ignorando el valor
del primero con el efecto de que resultamos enemigos de nosotros
mismos por afectar seriamente nuestra riqueza patrimonial, tanto
natural como cultural.
Ahora volvamos al motivo que hoy nos reúne.
En él se plantea, en esencia, buscar la fórmula conciliatoria
para lograr un desarrollo que no afecte el patrimonio, en este caso
concreto, el Casco Viejo de Marcos Paz, y dentro de él, la
manzana de la Casa Christie, con el propósito de que no vuelvan
a cometerse los errores cometidos con San Miguel de Tucumán.
Marcos Paz surgió hace casi un siglo como
exitoso proyecto de gente que deseaba vivir rodeada de verde, en
contacto con la naturaleza, en un ambiente donde se evitara la contaminación
provocada por ruidos, trajín vehicular y hacinamiento. Esa
gente lo logró y creó un modo de vida que ha sostenido
durante años, a veces transmitiéndolo de abuelos,
a hijos y a nietos, desafiando inconvenientes de distancias, de
precariedad del transporte público y de servicios básicos.
Hoy esa gente siente que los cambios proyectados
amenazan, no sólo el paisaje urbano, ya que las casas Christie
y Cossio dejarán de verse como se ven hoy, sino ese modo
de vida que defienden como derecho propio porque también
constituye un bien patrimonial digno de preservarse sin, por ello,
cerrar las puertas al desarrollo. Igualmente, es importante señalar
que temen que la transformaciones que puedan producirse, afecten
el valor inmobiliario de sus propiedades que ya no estarán
situadas en un apacible barrio jardín, sino en un ajetreado
barrio comercial.
Por lo tanto, el planteo fundamental de esta reunión
apunta a encontrar la fórmula que concilie la adaptación
de las realizaciones propias de los tiempos nuevos con la conservación
del patrimonio preexistente, heredado, en este caso, una planificación
urbana definitoria de un modo de vida estrechamente ligado a espacios
verdes, amplitud y quietud, factores que, a su vez, determinan un
valor económico determinado.
Afortunadamente hoy Tucumán cuenta con un
instrumento para llegar a esa conciliación que son las leyes
antes mencionadas. En la primera, la 7535, dentro de la nómina
de bienes edilicios y urbanos a preservarse, está incluido
el Casco Viejo de Marcos Paz como Patrimonio Urbano y Ambiental
de la provincia.
Es decir, que existe una norma básica, legal
en la que debe buscarse la solución para el caso motivo de
esta Mesa Panel. Sin embargo, al margen de la legislación,
es preciso que la comunidad tucumana en su totalidad tome conciencia
de que hay que preservar el patrimonio. De que el progreso no es
antinomia de esta preservación. De que Tucumán no
debe continuar cometiendo los errores que cometió en el pasado
que redundaron en pérdida, a veces irreversible, de riquezas
patrimoniales, tanto naturales como culturales, hecho que hoy, tardíamente,
lamentamos.
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