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la Revista Nº 12
de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán
Edicición Especial con motivo del 40 aniversario de la Institución
JUNTA DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE TUCUMÁN
Autora: Lic.Teresa Piossek Prebisch
Baje
la versión en formato pdf
2 de mayo de 2006
Este año 2006 la Junta de Estudios Históricos
de Tucumán elige por tercera vez, como eje de su curso anual,
el tema Patrimonio. Lo hace ampliando lo que se dictó en
los años 2004 y 2005 con la inclusión de materias
como la concerniente al patrimonio paleontológico.
Tucumán, en comparación con otras provincias
argentinas, en muchos aspectos ha demostrado carecer de una clara
conciencia del privilegio que significa ser depositario de un patrimonio
formado a través de los años, constituido tanto por
bienes culturales como naturales ya que unos y otros son los que
definen y dan sentido vital a la singularidad de un lugar y de la
comunidad que lo habita. Este fenómeno de ausencia de una
conciencia colectiva sobre el cuidado que merece el patrimonio no
es reciente, sino de muy larga data y la Junta quiere contribuir
a superarlo ejerciendo una acción docente, mediante la difusión
del conocimiento sobre el tema en el convencimiento de que para
amar las cosas hay que conocerlas.
Desde el inicio del período hispánico
de nuestra historia, en el siglo XVI, cuando los conquistadores
empezaron a explorar suelo argentino y a fundar ciudades en él,
los nombres de dos puntos geográficos de nuestra patria adquieren
especial resonancia y difusión: el Río de la Plata
y Tucumán.
Los testimonios relativos a Tucumán que se
refieren a nuestra naturaleza, a nuestra ciudad y a nuestra idiosincrasia
se suceden a lo largo de los siglos y de ellos he hecho una selección.
Respecto de la naturaleza, -el más grande
patrimonio con que nos regaló la suerte- resulta muy significativo
que el nombre Tucumán, desde el primer testimonio, vaya ligado
a la idea de bosques, de selvas, de riqueza vegetal.
Así ocurre con la primera mención que
he encontrado en los documentos del siglo XVI. Es el testimonio
de Julián de Humarán que, siendo
un muchacho de apenas 12 años, participó de la histórica
entrada de Diego de Rojas cumplida entre 1543 y 1546. Su testimonio,
al ser el primero, adquiere una especie de carácter bautismal:
define a Tucumán como país de grandes arboledas, tan
espesas, que los conquistadores debieron abrirse camino con hachas,
picos y azadones.
Como bien sabemos, las grandes arboledas surgen en
sitios fértiles, generosamente regados por el agua, y la
segunda mención documental que he encontrado, también
del siglo XVI, se refiere a este aspecto: el agua. Corresponde al
jesuita Alonso Barzana, misionero y lingüista
eminente que misionó en el Noroeste argentino en las décadas
finales de ese siglo, cuando ya estaban fundadas la más vieja
ciudad argentina, Santiago del Estero, y la segunda en edad, la
San Miguel de Tucumán levantada en el asiento de Ibatín.
En una carta al superior de la Orden Barzana escribía así:
Gruesa y fértil es toda la provincia de
[El Tucumán] ... particularmente San Miguel de Tucumán
que es un vergel... En cinco o seis leguas (30 o 35kms.) hallarán
seis o siete ríos claros como el cristal... Son los montes
de esta ciudad muy grandes, muy hermosos y fértiles...
Efectivamente, esos magníficos montes –selvas-
estaban formados por árboles que habían crecido en
el suelo ubérrimo, al amparo de las Sierras del Aconquija
que, semejante a un gigantesco muro protector, les brindaba regulares
temperaturas y grados se humedad. Así, en ese ambiente óptimo,
durante muchos siglos los árboles habían crecido sin
ser molestados por la acción humana hasta alcanzar la plenitud
de su desarrollo con alturas y corpulencias que asombraban como
algo de maravilla a todos aquellos que los contemplaban.
El impacto que producía Tucumán en
quienes llegaban a su suelo se potenciaba por el hecho de que los
caminos que conducían a él atravesaban tierras que
eran la antípoda de su lozanía y esplendor vegetal.
El que llegaba desde el noroeste pasaba antes por los adustos Valles
Calchaquíes. El que llegaba desde el sudeste lo hacía
después de atravesar la arenosa llanura santiagueña
cubierta de austeros bosques de algarrobos, quebrachos o churquis.
Es decir, que se viniera de donde se viniese, la entrada a Tucumán
resultaba, por contraste, absolutamente espectacular y veremos más
adelante cómo expresan esta sensación, mucho tiempo
después que el P. Barzana, Juan Bautista Alberdi y Domingo
Navarro Viola.
Contemporáneamente a Barzana el vecino de
Santiago del Estero llamado Pedro Sotelo de Narváez
escribía al presidente de la Audiencia de Charcas informándole
sobre la región noroeste en general y, al referirse a nuestra
provincia, habla de otra impresión que producía en
el espíritu el paisaje tucumano. Sabemos que los distintos
paisajes conmueven de distinta manera; unos producen sensación
de placidez, otros, de soledad, o de agobio y, algunos, hasta angustian,
pero el de Tucumán –nos dice- brindaba apacible recreación...
A medida que Tucumán era siendo conocido gracias
a descripciones de viajeros, fue configurándose una imagen
de características legendarias, de una región excepcionalmente
bien dotada por la Madre Naturaleza tanto por su belleza como por
su abundancia; sin embargo, simultáneamente, también
fue conformándose la peligrosa impresión de que su
riqueza vegetal era inagotable por lo que comienza su explotación
intensa para los niveles de la época, como se deduce del
siguiente testimonio del mismo Sotelo de Narváez:
Se saca madera de cedros y nogales para todos
los pueblos de la tierra porque es muy abundante en ella...
En septiembre de 1685 nuestra ciudad de San Miguel
de Tucumán fue trasladada de Ibatín a La Toma, lugar
que hoy ocupa. Hubo muchos que rechazaban el traslado y argumentaban
que La Toma era, desde todo punto de vista, un sitio malísimo
para asentar una ciudad.
La mudanza finalmente sucedió y los testimonios
demuestran que el nuevo sitio no era tan malo como lo pintaban los
ibatineños reacios al traslado, sino todo lo contrario. Escuchemos
lo que dice el viajero francés Pedro Francisco Javier
de Charlevoix que nos visitó en 1756:
... San Miguel de Tucumán se halla situado
justamente al pie de la Cordillera -las Sierras del Aconquija-.
Apenas sería posible encontrar sitio más ameno, ni
país más fértil por lo cual sus campos, sus
valles -en una palabra todo su territorio- está cubierto
de fincas, vergeles y jardines donde crece la mayor parte de los
árboles frutales del Antiguo y del Nuevo Mundo.
En 1773 pasa otro visitante por Tucumán. Es
el famoso escritor peruano Calixto Bustamante Inca,
más conocido por su sobrenombre Concolorcorvo.
Viene desde Buenos Aires y después de pasar por Córdoba
y Santiago, se aproxima a San Miguel de Tucumán. El camino
que recorre cruza el río Salí que describe de esta
manera:
Una legua antes de la ciudad se encuentra el
río... Salí. Sus aguas... son cristalinas y a sus
orillas de hacen unos pozos y, por los poros, se introduce agua
potable.
Gracias al mismo Concolorcorvo sabemos que continuaba
la explotación de los bosques naturales que, para la percepción
colectiva, seguían pareciendo inagotables. Uno de los motivos
de la explotación era la fabricación de carretas de
las que Tucumán era el principal proveedor del Virreinato.
La abundancia de buenas maderas –dice- les facilita [a los
tucumanos] la construcción de buenas carretas.
A continuación el autor agrega una observación
muy reveladora porque nos da la pauta de la extensión en
que no sólo Tucumán, sino una dilatada área
de nuestro país estaba cubierta de bosques y selvas:
[Las carretas] caminan desde Córdoba a
Jujuy entre dos montes espesos que estrechan el camino.
Más adelante escribe:
La jurisdicción de San Miguel de Tucumán
es la menor en extensión de la gran provincia de ese nombre
[El Tucumán], pero, en mi concepto, es el mejor territorio
de toda ella por la multitud de aguas útiles que tiene para
los riegos, extensión de ensenadas para pastos y sembrados
y su temperamento más templado.
Es decir, que el peruano coincide con lo que afirmaba
el P. Barzana: de toda la gran provincia del Tucumán, la
jurisdicción de San Miguel de Tucumán era, por las
características de su naturaleza, la mejor parte.
Llegamos al siglo XIX, el de los grandes cambios
en nuestra historia. En 1801, el Dr. Angel Mariano Moscoso,
(1789-1804) decimoséptimo obispo del Tucumán, describía
así nuestra ciudad:
Todas las ventajas de la naturaleza concurren
a acreditar la buena elección que se hizo de este lugar privilegiado.
Está edificada esta ciudad sobre una llanura dominante, que
siempre ofrece a la vista en sus agradables prados un objeto variado,
ameno y delicioso. Su temperamento es suave aunque algo ardiente
y se dejan conocer en las benéficas influencias de su aire,
los buenos hálitos que le suministra el reino vegetal, ya
que la ciudad estaba rodeada del bosque natural, como engarzada
en él. La llanura dominante era la planicie que, hacia el
este, tenía la barranca hoy reconocible en El Bajo y hacia
el sur, el desnivel que se produce en la calle Bolívar.
En 1812, después de producido el brillante
triunfo de Batalla del 24 de Septiembre, un forastero del que sólo
sabemos que se llamaba Roque, en una carta describe
la ciudad de una manera tan breve como expresiva:
Esta ciudad de Tucumán es muy graciosa
y pequeña, abundante y de edificios bastante bien formados.
A juzgar por estas y otras descripciones posteriores,
vemos que la ciudad de entonces había nacido dueña
del valiosísimo patrimonio de ofrecer una imagen muy cautivadora
gracias a la naturaleza en cuyo marco había sido fundada.
Entre las obras públicas dignas de mención que mostraba,
se encontraba el conjunto que se conocía como Campo
de Honor, donde había tenido lugar la gloriosa batalla.
Su monumento más llamativo –y único de la pequeña
urbe- era la pirámide que Belgrano hizo
construir en homenaje a la Revolución de Mayo.
Se levantaba al sudoeste de la ciudad, próxima a La Ciudadela
y a la casa que él habitaba, y se llegaba a ella por una
alameda -hoy calle Alberdi- que hizo abrir el Gral. San Martín.
El conjunto de la calle larga flanqueda por álamos que en
el suelo tucumano crecieron rápidamente, que desembocaba
en la plaza de la pirámide, era uno de los más agradables
paseos de San Miguel de Tucumán.
En 1825 nos visitó el inglés Joseph
Andrews y entre las muchas observaciones que hizo , hay
una muy interesante respecto del estado cultural de la ciudad:
Las artes y las ciencias son casi desconocidas...
Sólo la música parece estar cultivada; sin embargo,
notase la existencia de un deseo intenso de mejoramiento, un espíritu
general de liberalismo, sed de saber, todo lo cual contribuirá
a que el actual estado de cosas no dure mucho tiempo.
En 1834 Juan Bautista Alberdi que
a los 14 años, por beca concedida por el gobernador Alejandro
Heredia, viajó a Buenos Aires a estudiar, vuelve a Tucumán
después de una década y describe así la emoción
del regreso:
Por donde quiera que se venga a Tucumán
el extranjero sabe cuándo ha pisado su territorio sin que
nadie se lo diga. El cielo, el aire, la tierra, las plantas, todo
es nuevo y diferente de lo que se ha acabado de ver. Son encantadores
los contornos del pueblo; alegría y abundancia... se ve en
lugares donde en las grandes ciudades no hay más que indigencia
y lágrimas. No es el pobre de Tucumán como el pobre
de Europa. Habita una pequeña casa... cuyo techo es de paja
olorosa. Un vasto y alegre patio la rodea, que jamás carece
de árboles frutales, de un jardín y gran número
de aves domésticas....los carpinteros de Tucumán no
trabajan a la sombra destemplada de largos y tristes salones. La
vasta copa de un árbol les ampara de los rayos del sol...
Dedica otro párrafo a describir la primavera
tucumana:
En la patria favorita de las flores y los pájaros,
la primavera no puede ser sino maravillosa... Lo que principalmente
llama la atención son los bosques de naranjos que casi rodean
el pueblo cuyas copas visten tan profusamente de flores que parecen
nieves de azahar... No todos los árboles florecen a un tiempo.
Primeramente asoma la aurora de la primavera en la cima de los lapachos
que se tiñen de rosa... Después levantan sus copas
de oro otros árboles que cargan sus ramos de unas grandes
rosas amarillas... Durante los meses de primavera cada semana ofrece
la naturaleza, nueva decoración.
Luego habla de un tarco que había camino
a La Ciudadela:
Este árbol de cerca de 100 pies -30m.-
de altura, ...antes de mostrar una hoja se viste todo entero de
una hermosa flor morada...; a lo lejos parece un inmenso vaso de
cristal violado.
Pero a continuación de estos párrafos
tan poéticos y emocionados, Alberdi toma un tono dolido que
debe hacernos reflexionar por que poseen valor diagnóstico.
Ocurre que, al visitar el Campo de Honor, lo ha golpeado el estado
de abandono que muestra el histórico sitio víctima
de la indiferencia o desidia hacia semejante bien patrimonial, actitud
que, de este modo comprobamos, entre los tucumanos viene de larga
data:
Ya el pasto ha cubierto el lugar donde fue la
casa del General Belgrano, y si no fuera por ciertas eminencias
que forman los cimientos de las paredes derribadas, no se sabría...
donde existió. A dos cuadras... está La Ciudadela...
Los cuarteles derribados son rodeados de una eterna y triste soledad...
Entre La Ciudadela y la casa... se levanta humildemente la Pirámide
de Mayo, que más bien parece un monumento de soledad y muerte.
Yo la vi en un tiempo circundada de rosas y alegría; hoy
es devorada de una triste soledad...
Pero no obstante la negligencia de los seres humanos
hacia la obra de los antecesores, la naturaleza, el riquísimo
patrimonio original tucumano, sigue prodigando sus bienes que continúan
pareciendo inagotables. En 1845, Domingo Faustino Sarmiento
sin haber conocido, aún, Tucumán, guiado por la fama
legendaria de su belleza, lo describió así, en su
obra Facundo:
Es Tucumán un país tropical, en
donde la naturaleza ha hecho ostentación de sus más
pomposas galas; es el Edén de América, sin rival en
toda la redondez de la tierra. Imaginaos los Andes cubiertos de
un manto verdinegro de vegetación colosal, dejando escapar
por debajo de la orla de este vestido doce ríos que corren
a distancias iguales en dirección paralela, hasta que empiezan
a inclinarse todos hacia un rumbo y forman, reunidos, un canal navegable
que se aventura en el corazón de América. El país
comprendido entre los afluentes y el canal tiene, a lo más,
cincuenta leguas. Los bosques que encubren la superficie del país
son primitivos, pero en ellos las pompas de la India están
revestidas de las gracias de la Grecia.
En 1852 visitó la provincia el inglés
Woodbine Parish quien, también impresionado
por la prodigiosa naturaleza tucumana aún no menoscabada
por la acción del hombre, se refirió a ella con estas
palabras:
La naturaleza ha sido tan pródiga... de
sus más exquisitos dones, que con justicia merece... Tucumán
su nombradía... de Jardín de las Provincias Unidas...
La vegetación... es incomparablemente
lozana y espléndida. Mientras que los llanos producen...
trigo... maíz... arroz y... tabaco en la mayor abundancia,
la planicie y las faldas de la sierra, al oeste, están cubiertas
de hermosos árboles de infinita variedad... Espesos y grandes
bosques de aromos y naranjos exhalan una fragancia que realza los
encantos de aquella privilegiada región.
En ese mismo año, otro forastero, el argentino
Ernesto Quesada, al escribir sus recuerdos de viaje
dio una imagen de nuestra ciudad comparándola con sus vecinas
Santiago y Salta. Su juicio resulta muy interesante porque capta
dos características tucumanas que se mantienen invariables:
Una, que La... ciudad de San Miguel de Tucumán
era más alegre, más bulliciosa, había más
movimiento y más industria... observación que habitualmente
se escucha de boca de personas provenientes de otras provincias
o países: la ciudad de Tucumán sorprende por su mucho
movimiento y, además, es divertida.
La otra invariable cultural que observó Quesada
ya no es tan halagüeña y tiene su antecedente en la
observación de Alberdi sobre la tendencia a la desidia, evidente
en el abandono del área histórica de La Ciudadela:
Cierto es –dice Quesada- que las calles
no podían servir de modelo, que las calzadas eran malas,...
la higiene... un mito, pero comparándolas con otras -de otras
ciudades- les era muy superior.
En 1854 nos visitó Domingo Navarro
Viola que dejó una de las descripciones más
vívidas y profundas de provincia y ciudad:
Nada hay que más impresión produzca
al viajero que atraviesa la Confederación Argentina de Sur
a Norte que el paso sensible de la provincia de Santiago a la de
Tucumán.
Después de cien leguas corridas por medio
de los bosques áridos de “quebrachos”, “algarrobos”
y “breas”; entre espinas y “cactus”, por
un suelo arenoso y salitral... con la cabeza y el corazón
oprimidos de aburrimiento... una línea marcada divide las
provincias de Santiago y Tucumán, una línea de verdura
de campos y de bosques completamente distintos, alegres, frondosos,
de formas caprichosas pero siempre variadas y elegantes.
De nuevo tenemos aquí la mención del
patrimonio tucumano por excelencia: su naturaleza, especialmente,
sus estupendos, amenos bosques. Avanzando por medio de ellos Navarro
Viola llegó a La Banda ocupada, entonces, por fincas con
cercos cubiertos de enredaderas. Desde aquí –escribe-
se divisa la ciudad con sus torres, sus pirámides y sus bosques
de naranjos. La sierra en lontananza completa el paisaje más
bello que han podido soñar los pintores suizos.
Nada queda de desear si el viajero, llegando
a la caída de la tarde, contempla desde ese punto toda la
magnificencia y la gracia que la naturaleza ha prodigado en este
país de bendición. Todo es grande en él. Esas
serranías sobrepuestas y nevadas perpetuamente en su tercer
plano...; otras dos cubiertas de la más lujosa vegetación;
la falda más pintoresca y caprichosa que puede diseñar
la fantasía; una ciudad que brota en medio de los bosques
seculares... en medio de esa atmósfera de fuego y de nácar,
y de esa temperatura que debía haberlo enervado con su ardor,
es el panorama más bello y el cuadro más poético
que puede reflejarse sobre la imaginación del que contempla
a la naturaleza en sus perspectivas inmensas como ella misma.
En otras palabras, la ciudad... con sus calles
rectas y sus casas blanqueadas, todas de tejas, gracias a su ubicación
en medio de un escenario natural espectacular, era encantadoramente
linda, sin embargo, Navarro Viola pronto habría de enfrentarse
a la contracara a la que ya hicimos referencia, como lo revela el
siguiente párrafo:
No bien se sale de las calles... uno se encuentra
con el “Campo de Honor”, frente a La Ciudadela... fuerte
antiguo... delineado bajo las órdenes del general... San
Martín... Ya no existen sino sus ruinas y la naturaleza con
más vergüenza que los hombres que debían haber
conservado estos monumentos de nuestros padres tan gigantes, las
ha cubierto con un espeso bosque de Ischiviles, tuscales y enredaderas
silvestres, como para llamar con su aroma la atención del
caminante y mostrarle cómo ha podido la ingratitud de los
hijos olvidar casi hasta la memoria de los padres, dejando perder
los monumentos que la inmortalizan. De nuevo aparece aquí
la constante cultural de la desidia, en este caso, la indiferencia
ante el patrimonio que legaron las generaciones anteriores y que
llevaba la impronta de dos de nuestros próceres máximos:
Belgrano y San Martín.
Poco más allá, la modesta pirámide...
deja ver su blanca, delgada y elegante figura dibujándose
graciosamente sobre el oscuro verdor de sus serranías...
sin embargo amenaza ruina si los gobiernos, como deben, no se esfuerzan
en conservar el único recuerdo que queda del virtuoso Belgrano...
Detrás de ese monumento quedaba la casa del
general Belgrano. Viajero, no pases sin apartar las malezas del
camino para descubrir con trabajo los cimientos, que es todo lo
que queda de ella.
Nada de particular presenta el resto de los alrededores
de la ciudad, si no es el sorprendente aspecto de una vegetación
gigantesca que abunda por todas partes.
Esa era la imagen de nuestra ciudad que podemos sintetizar
así: en la medida en que la naturaleza ponía su belleza,
era preciosa, pero la incuria humana mostraba ya su peligrosidad
en el abandono o indiferencia por la conservación de un bien
patrimonial único, que reunía el escenario de una
heroica batalla con dos obras relacionadas –como recién
dijimos- a dos héroes de nuestra Historia.
La evolución de Tucumán en la era constitucional
se aceleró al ritmo de un verdadero culto a las transformaciones
que se expresaba con la palabra “progreso”. Muy reveladora
es la interpretación que le da Arsenio Granillo
quien la define así: el espíritu de progreso...
es el soplo con que Dios alienta a la humanidad. Despuntaba,
entonces, el boom absolutamente inédito para Tucumán
y el país de la industria azucarera reflejado en la ciudad
en un fuerte deseo de cambio que observó el sabio alemán
Hermann Burmeister quien la visitó en 1871.
Llegaba desde Santiago, por el acostumbrado camino
que cruzaba el río Salí encerrado entre barrancas.
Nos cuenta que desde la orilla oriental y más elevada del
río... se goza de una perspectiva muy hermosa sobre la
ciudad que se halla en la extensa llanura, delante de los oscuros
bosques de la sierra, envuelta en tupido follaje de naranjos del
que sólo sobresalen las cuatro altas y vistosas torres [de
sus cuatro iglesias]
Al avanzar por el camino flanqueado de fincas
de caña de azúcar y naranjos, el aire era tan limpio,
que le permitía distinguir el tupido y oscuro follaje de
los naranjos con que están adornados todos los patios y jardines
situados detrás de las casas...
No creo haber gozado nunca de una perspectiva
más hermosa que ésta, al contemplar la encantadora
Tucumán... desde la altura junto al río...
A continuación hace observaciones concernientes
a la idiosincrasia de la población en ese momento histórico:
De las ciudades del interior de los Estados del
Plata... es, sin duda, la más elegante y socialmente la más
agradable de todas... disfruta de una ubicación libre y pintoresca...;
posee una edificación esmerada y una población que,
por lo industriosa, es más inteligente y mentalmente más
vivaz que la de cualquier otra ciudad... que he tenido ocasión
de conocer.
...Aún cuando sucumbió, como todas
las demás [provincias] a la tiranía del dictador Rosas,
se mantuvo alejada... más que las otras de la esclavitud
intelectual...
En Tucumán hay muchísima actividad
intelectual, más que en otras ciudades argentinas y es un
pueblo de mucho porvenir razón por la que le vaticinaba un
futuro como centro cultural de la región.
Varios años después, en 1876, los hermanos ingleses
M.G. y E.T. Mulhall, hacían una observación
que se corresponde con esta opinión al afirmar que pocas
ciudades en la República tienen una proporción tan
elevada -32%- de personas que saben leer, un dato que debe tenerse
en cuenta porque, en años futuros, redundará en el
salto cultural al que ya nos referiremos, que le vaticina el sabio
Burmeister con cuyas observaciones continuamos:
Debido a esta positiva actividad, preparada y
apoyada por su feliz ubicación en una comarca bendecida por
la naturaleza, ha desempeñado ya varias veces un papel decisivo
en la historia de la joven república...
[En] las quintas se encuentran siempre extensos
naranjales; están ubicadas, en su mayoría, al este
de la ciudad... rodeados de cercos naturales... cubiertos de vivaces
enredaderas en flor... Comprendí, entonces, con cuánta
razón... en todo el país se denominaba a Tucumán
el “Jardín de la Confederación Argentina”.
En cuanto a lo edilicio, observa que reinaba un
verdadero furor constructivo; se demolían casas aún
perfectamente habitables, sustituyéndolas por otras nuevas...
Sin embargo, más adelante cuenta algo que es todo un diagnóstico
cuando, con motivo de un viaje a Lules, visitó el Convento
que fue, primero, de los jesuitas y, tras su expulsión, de
los dominicos. Lo encontró en estado ruinoso lo que lo llevó
a comentar lo siguiente:
En esta tierra lo antiguo carece de valor y es
entregado lo más pronto posible a la destrucción completa.
Otra observación digna de mencionarse es la
de la tala de los bosques naturales. Por ese tiempo había
avanzado tanto que comenta que en el espacio entre la ciudad y Yerba
Buena, ya sólo se ve un campo de matorrales... [que] se dice
que originalmente era boscoso.
Desaprueba la manera salvaje en que, a veces, se
hacía esa explotación lo que amenazaba de extinción
algunas especies vegetales, como es el caso del cebil:
Desgraciadamente están exterminando este
árbol tan útil arrancándole la corteza tal
cual está en el bosque, y lo destruyen de esta manera.
Afortunadamente y para su suerte, todavía
permanecía intacta la selva pedemontana de laureles que pudo
contemplar en su esplendor, a la que dedicaré un espacio
especial:
Se extendía desde Tafí Viejo hasta
el río Marapa y el primero que la describió fue el
capitán inglés Joseph Andrews, naturalista
y viajero que había recorrido casi todo el mundo, quien relata
así la experiencia que tuvo acompañado por el caballero
tucumano don Tomás Ugarte:
Me condujo hasta... donde podían verse
esos árboles estupendos, algunos de los cuales tenían
un tronco limpio de más de cien pies -30 mts.- de altura,
y digo cien... por temor de equivocarme pues tengo por cierto que
los había allí de mucha más altura... Jamás,
anteriormente, había visto una maravilla de vegetación
semejante. Imperecederas, profundamente arraigadas, quedaban en
mi espíritu las impresiones que recibía al contemplar
en su propio lugar las incomparables bellezas de esa tierra deliciosa.
En cuanto a grandeza y sublimidad, no creo que sean sobrepasadas
en parte alguna de la tierra...
Contemplé hasta hartarme aquellos viejos
patriarcas de las selvas... Contemporáneos de las viejas
edades parecían reunir en sí la sucesión de
los tiempos...
[Sin embargo, con] don Tomás calculábamos
ya los estragos que entre ellos produciría... la fiebre del
progreso, cuando comenzara la explotación agrícola
en gran escala. La suerte los ha conservado hasta ahora y estos
patriarcas viven aún; pero el destino que les pronosticábamos
era seguro..., como lamentablemente lo ha sido.
Si se me permitiera representar al majestuoso
Aconquija... lo haría... con la cabeza entre las nubes, cubierta
de nieves eternas; con sus pechos que arrojaran ríos de oro
y de plata por sobre el rico ropaje de las faldas; con sus laderas
cubiertas de un verdor eternamente lozano; con sus pies deslizados
por entre la aterciopelada vegetación de sus valles, conjunto
todo de lo más bello, quizás lo más bello que
jamás formó la naturaleza.
Burmeister coincide con Andrews y aunque no se expresa
con su fuego romántico, habla así de las Selvas de
Laureles:
Los bosques de la falda... se componen principalmente
de hermosísimos laureles, muy viejos y de colosales dimensiones.
Es un árbol... imponente, sin duda la planta más preciosa
de la República Argentina y el más espléndido
adorno que ha producido su suelo...ni aún en los bosques
vírgenes de Brasil he hallado paisajes de naturaleza selvática
más hermosos que allí, en las magníficas selvas
de laureles de Tucumán.
Tiempo después otro sabio, el francés
Martín de Moussy, hablaba de un laurel,
patriarca entre los patriarcas, que tenía un tronco de 8
mts. de circunferencia.
Gracias a estas descripciones, por el mundo continuaba
vigente la imagen de Tucumán como un país legendario,
de extraordinaria belleza. Ya la había tomado, en el siglo
XVIII, el pensador francés Voltaire para
mencionarlo en su libro Cándido y en el siglo XX lo mencionaría
García Lorca en su obra Doña Rosita
la soltera. En 1886 la tomó el literato italiano Edmundo
D’Amicis, en su libro Corazón, cuando relata
la historia de un niño italiano llamado Marcos que llega
a Tucumán en busca de su madre y debe atravesar solo, de
noche, la selva de laureles:
Marcos... caminaba... a través de una
vastísima floresta de árboles gigantescos... con fustes
desmesurados semejantes a pilastras de una catedral... Una grandeza
soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo
más majestuosamente terrible que le hubiese ofrecido la naturaleza
vegetal.
Ya escuchamos la descripción de Alberdi sobre
la primavera en Tucumán; escuchemos ahora la de la escritora
salteña Juana Manuela Gorriti que la gozó
en nuestra ciudad, en el año 1865:
En la deliciosa región que se extiende
desde el confín boliviano..., al centro de una comarca donde
se hallan reunidas todas las bellezas de la creación, sobre
una llanura surcada de cristalinas fuentes y perdida como el nido
de un ave entre rosas y jazmines, alzase una ciudad de aspecto oriental.
Sus blancas cúpulas se dibujan con primor sobre el verde
oscuro de los bosques de naranjos que la circundan, cautivando las
miradas del viajero que la contempla a lo lejos. Sus caminos son
avenidas de flores; su aire es tibio y fragante; sus días,
una irradiación de oro y azul; sus noches, serenas, estrelladas,
pobladas de música y de amorosos cantares.
Quien una vez la haya habitado no la olvida
jamás, y si un día volviera a ella, aunque Dios hubiera
quitado la luz de sus ojos, al aspirar su perfumada atmósfera
exclamará -¡Tucumán!”
¡La primavera en Tucumán! Es decir,
torrentes de luz y de perfumes; cielo azul orlado de nacarados celajes;
vergeles poblados de flores...!
Pero al final de estas líneas tan transidas
de emoción, su sensibilidad poética percibe en Tucumán
-por el que comenzaba a incursionar el transformador dios Progreso
con sus dos caras, la positiva y la negativa- algo ominoso, inquietante
que la lleva a cerrar así su descripción: [Tucumán],
imagen del Eden, el Bien y el Mal aspirando a poseerla sostienen
allí perpetua lucha. ¿Cuál triunfará?
Cuando en 1873 llegó a Tucumán, por
primera vez, el famoso francés Paul Groussac
se expresó así de nuestra tierra:
Llama a Tucumán país privilegiado
entre cuantos encierra el privilegiado continente americano... Para
el viajero joven... la entrada a la tierra tucumana es una revelación...
arroba los sentidos...reina incontestable por el derecho divino
de su hermosura.
Las calles de la ciudad no tienen el aspecto
proletario y advenedizo de otras muchas ciudades de la República;
aquí, por donde quiera hay sol, espacio, árboles más
altos que las paredes y jardines más espaciosos que las casas...
el perfume bienhechor de la tierra virgen penetra en la vida del
hogar para endulzarla y refrescar.
Transcurren tres años y en 1876 llega a Tucumán
el ferrocarril para producir una revolución profundísima
que tendrá su más plena manifestación en el
desarrollo de la industria azucarera que transforma a nuestra provincia
en el primer parque industrial del país. Mucha gente teme
al pensar en los efectos del cambio arrollador que se avecina y
el presidente Nicolás Avellaneda, que fue
quien trajo el ferrocarril, pronuncia un hermoso discurso. En uno
de sus párrafos dice así:
Oigo decir que este Tucumán poético
desaparecerá en breve porque el humo de la locomotora espesa
la atmósfera y empaña los cielos. No lo creo... La
naturaleza se embellece y se completa bajo la acción fertilizante
de la industria. Lo que vemos y admiramos... no ha tenido hasta
hoy, por autores, sino los tres artífices primitivos: el
aire, el agua..., el sol. ¿Cuántos prodigios se producirán
cuando se agregue a ellos el trabajo... inteligente; cuando el árbol
espontáneo y el árbol cultivado entretejan sus ramas
o confundan sus perfumes?
Avellaneda imaginaba un desarrollo industrial y un
desenvolvimiento económico que se produjera en perfecta armonía
con la naturaleza, sin agredirla, sin menoscabarla, sin abusar de
su generosidad, pero la experiencia nos muestra que no sucedió
así y el antes mencionado Groussac, cuando
volvió en 1894 a Tucumán, en pleno auge industrial,
observa que, a raíz de él, ha surgido un peligroso
espíritu mercantilista por lo que escribió estas líneas
de advertencia a los tucumanos:
Ganada la batalla industrial, recordad que tenéis
un alma. Que haya en vuestra vida económica algunas horas
de tregua para el estudio y la meditación de lo bello, como
al lado de vuestras fábricas un pedazo de suelo cubierto
de plantas desinteresadas, un jardín cuyas flores no tengan
un precio venal.
Comenzado el siglo XX, en 1910, José
Enrique Rodó escribía estas dolidas líneas
que coinciden con lo experimentado por Groussac:
Tucumán es de las pocas ciudades hispano-americanas
cuyo nombre suena, a distancia, con... prestigio de leyenda, con...
vibración de idealidad... No es principalmente la aureola
de los recuerdos históricos... [pues] por encima de ese prestigio...
descuella el de la naturaleza: la leyenda paradisíaca que,
tejida por los relatos y saudades del viajero, comunican a quienes
las escuchan algo como una nostalgia de aquella tierra encantada
antes de haber estado en ella...
Yo no sé si las impiedades de la civilización
han desgarrado, en torno del Tucumán de hoy, el velo de inefable
poesía con que aparece en aquella página imperecedera
[de Sarmiento], pero si acaso fuese así, yo pido a mis amigos
de Tucumán que no me lo digan y que me perdonen la iniquidad
de desear que su ciudad progrese poco y lentamente, si ha de adquirir
su mayor intensidad de civilización a costa de su patrimonio
magnífico de poesía.
Así escribía Rodó planteando,
de hecho, una antinomia entre “civilización”
o “progreso” y “poesía”. No adhiero
a ello. Tucumán necesitaba del progreso a riesgo de ahogar
sus fuerzas creadoras que evidentemente pujaban por manifestarse.
No podía quedar estacionado en la economía que desde
el siglo XVI se había mantenido casi sin variantes, ni tampoco
podía continuar con una educación reducida a escuelas
de primeras letras.
Los tucumanos le debemos al progreso dos grandes
realizaciones que siempre lo enorgullecerán: el haber sido
el primer parque industrial que surgió en nuestro país,
con la industria azucarera que promovió muchas industrias
más, y el haber creado una Universidad, la cuarta de Argentina,
nacida provincial y luego nacionalizada. Fue una realización
cultural extraordinaria, nacida no por súbita decisión
de un gobierno, sino como fruto maduro de esa singularidad que observaron
varios viajeros del siglo XIX, y que les revelaba un aspecto muy
interesante y prometedor de la personalidad tucumana: la inquietud
por el conocimiento, la tendencia a la universalidad de cierto sector
de la población que en un tiempo marcó pautas y le
dio a Tucumán gran prestigio dentro y fuera del país.
Lo lamentable fue que la fuerza nueva del progreso
a veces adquirió los matices de desvalorización del
patrimonio heredado y de explotación incontrolada de la naturaleza,
con concentración en su valor económico y total ignorancia
de su valor belleza; incluso, puede observarse hasta hostilidad
hacia ella, quizá por su vitalidad que la lleva a invadir
lo que deseamos sea territorio exclusivamente de dominio humano,
¿acaso no hemos visto árboles creciendo en los parapetos
de las casas, helechos brotando de las grietas?
Tal actitud destruyó tesoros patrimoniales
muy valiosos como fue la pérdida del Campo de Honor, la demolición
del Cabildo, de muchas casas patriarcales, esto en lo que respecta
al área histórica y edilicia. O como la tala de la
Selva de Laureles, monumento natural que debió preservarse
y no eliminarse para ganar tierras de cultivos.
Pero no nos descorazonemos. Tengamos presente que
tanto las comunidades humanas, como los individuos pasan por etapas
de sus vidas que les exigen corrección del rumbo. Creo que
Tucumán está en una de ellas. Los tucumanos tenemos
que hacer análisis de conciencia; analizar por qué
provincias que antes estaban detrás de nosotros y nos miraban
como guía hoy nos llevan la delantera en muchos aspectos.
Necesitamos enfrentarnos a nuestras falencias y una
de ellas es no haber sabido conciliar progreso con el mantenimiento
de ese patrimonio magnífico de poesía con que nos
dotó la naturaleza. Hoy ésta presenta graves síntomas
de degradación:
Nuestra primavera actual no es la que arrobó
a Alberdi, la que fascinó a Juana Manuela Gorriti. Por el
contrario, es la época de mayor polución ambiental
del año, tan intensa, que las cenizas y polvo en suspensión
impiden ver los cerros que deslumbraban a los forasteros que llegaban
a Tucumán. La polución desencadena problemas respiratorios
y oculares de la población, ennegrece muros, ahoga el follaje
de las plantas y a todo lo cubre con una gris pátina de suciedad.
Está reiteradamente probado, pero no reaccionamos.
Muchos de nuestros ríos están contaminados
y el pobre Salí no es más el de aguas cristalinas
que vio Concolorcorvo.
La deforestación ha llegado a extremos peligrosos
y no se detiene.
Nuestra ciudad no puede calificarse más como
encantadora y poética aunque no porque crecimiento y progreso
sean incompatibles con estas condiciones. Esto tiene que quedar
muy en claro. Tenemos el caso paradigmático de la ciudad
de Mendoza: surgida en una zona árida, por obra del hombre
hoy es un vergel, mientras San Miguel de Tucumán que recibió
de la suerte el privilegio de surgir en medio de un vergel, hoy
es una urbe deforestada. Mientras la OMS recomienda una reserva
mínima de 14 mts.2 de espacio verde por habitante, nuestra
ciudad cuenta con sólo 4mts.2 y ellos están amenazados
de ocupación como ocurre con las áreas verdes contiguas
al Hipódromo y a la Estación Terminal, que quedan
de lo que debió ser el sector sur del Parque 9 de Julio.
El caso de éste es patético y el Arq.
César Pelli lo califica como un horror. De las 400 hectáreas
destinadas a él (era mayor que el famoso Central Park de
Nueva York) , cuando la población de la ciudad era de 80.000
almas, han quedado sólo 140 para una población que
suma casi un millón.
San Miguel de Tucumán hace mucho que dejó
de ser capital del llamado Jardín de la República
calificativo en riesgo de perder vigencia. Con dolor debemos reconocer
que ha perdido su gran y singular patrimonio magnífico de
poesía al que se refería Rodó y hoy somos una
ciudad sucia, desidiosa y desordenada.
En cuanto a conservación del patrimonio histórico
y arqueológico no estamos mejor porque siempre faltó
presupuesto para protegerlo e incrementarlo. Las ruinas de Ibatín
–las más viejas de ciudad virreinal existentes en el
país- nunca se recuperaron debidamente. Tampoco lo que queda
de la ciudad de Medinas. Tucumán podría tener tres
ejemplos de asentamiento urbano, testimonio de distintas culturas
y épocas históricas, en las ruinas de Quilmes, las
ruinas de Ibatín y la ciudad de Medinas.
Los menhires de Tafí, únicos en el
mundo, exponente de la cultura prehispánica más antigua
de nuestro país, que se desarrolló antes de la era
cristiana, todavía no tienen el lugar que su jerarquía
mundial exige.
Las ruinas incaicas llamadas del Clavillo, del río
Las Pavas o Ciudacita, que merecerían ser declaradas Patrimonio
de la Humanidad, están totalmente desprotegidas, a merced
del clima riguroso de las alturas y de quien quiera depredarlas.
Y a pesar de los importantes esfuerzos realizados
en los últimos tiempos, Tucumán, no obstante sus tres
universidades, aún no posee los grandes museos que debería.
Conclusión
Todo este panorama nos lleva a hacernos varias preguntas
¿Qué hacer?¿Cómo revertir este fenómeno
de estancamiento y deterioro que tan rápidamente nos está
haciendo perder no sólo bienes, sino también posiciones
comparativas, cuyo núcleo está en la preservación
del patrimonio en toda la amplitud de su gama?
Lo primero que viene a nuestra mente es remitirse
a los gobernantes para que ellos den la solución, sin embargo
no es la respuesta correcta. La respuesta fundamental está
en nosotros mismos, en la comunidad tucumana puesto que los gobernantes
salen de ella y si como ciudadanos comunes no hemos tenido conciencia
de nuestros defectos, omisiones e inacciones, jamás de producirá
el milagro de tener distinta actitud en el caso de llegar a ser
autoridad.
Cada uno de los que aquí estamos reunidos
debemos proponernos hacer algo por recuperar Tucumán, el
barrio en que vivimos, la ciudad capital y la provincia toda. Por
poca que nuestra acción parezca y por pequeño que
sea el ámbito en que actuemos debemos tener plena seguridad
de que de todos esos pocos necesariamente surge un mucho, surge
una conciencia colectiva.
En diez años tendremos la celebración
del segundo centenario de la Declaración de la Independencia,
la hazaña cívica, el acontecimiento más importante
de nuestra Historia porque por él Argentina nació
como Estado soberano. Los tucumanos seremos los dueños de
casa de esta celebración de carácter nacional y de
trascendencia sudamericana, por lo tanto, debemos prepararnos. ¿Cómo?
Proponiéndonos cambiar nuestra idiosincrasia y luchar por
la recuperación de Tucumán comenzándolo por
los hechos concretos, cotidianos como tener bien pintado el frente
de nuestra casa o no arrojar basura a la calle o cuidar el árbol
que crece en nuestra acera, esto con lo que la vida nos enfrenta
constantemente, antes que volcarnos a proyectos de aquellos llamados
“faraónicos”. A Tucumán hay que rescatarlo
de las poluciones que padece una de las cuales es la desidia. Será
el mejor modo de honrar el segundo centenario de la Declaración
de la Independencia.
Bibliografía:
Andrews, Joseph, Cap.: Las provincias del Norte en
1825. Ediciones Sesquicentenario de la Independencia Argentina.
Universidad Nacional de Tucumán. Tucumán, 1967
Burmeister, Hermann: Viaje por los Estados del Plata.
1857 – 1860. Tomo II. Unión Germánica en la
Argentina. Buenos Aires. 1944
De Amicis, Edmundo: Corazón. Diario de un
niño. Librería y Papelería de Domingo Ferrari.
Sin mención de año de edición.
Furlong, Guillermo, S.J.: Alonso Barzana S.J. y su
Carta a Juan Sebastián. 1594. Colección Escritores
Coloniales Rioplatenses. Ediciones Theoría. Buenos Aires,
1968.
Lizondo Borda, Manuel: Tucumán al través
de la Historia. El Tucumán de los poetas. Imprenta Prebisch
y Violetto. Tucumán. 1916
Lic.Teresa Piossek Prebisch
San Miguel de Tucumán, 2 de mayo
de 2006
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